Los primeros tres minutos de reflexión me deprimí. Los restantes miré su cuarto con detenimiento. Algo había cambiado. Las paredes estaban pintadas por ella misma: mujeres, palabras, árboles, flores. “Y se sienta a tomar café”. Un hombrecito decía “secretos” en un pedacito de pared a la derecha.
Cada vez que llegaba a su cuarto lo sentía más cálido y más cinematográfico. Sí, tenía un cuarto de película. A veces me hacía acordar a “Los Soñadores”. Ese día todavía más. Era una película irreal y fantástica para mí. No quiero decir que ella tenía una vida mejor que la mía. Realmente, en absoluto quiero decir eso, ni nunca lo pensé. Lo que quiero decir es que me ponía contenta, de vez en cuando, saber que podía pertenecer a varios mundos completamente diferentes. Ella era uno de mis mundos. Al que no quería pertenecer de lleno, pero tampoco podría vivir sin visitarlo una vez cada tanto.
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